Esa desconfianza paranoica

“La democracia necesita una virtud: la confianza. Sin su construcción, no puede haber una auténtica democracia” afirma la filósofa española Victoria Camps, en su último ensayo La sociedad de la Desconfianza. Camps reflexiona sobre los efectos de la desconfianza social en la palabra, en los hechos y en la verdad. Y considera que una sociedad que desconfía sistemáticamente, se vuelve extremadamente individualista: no escucha, no mira y no respeta al otro. Así se pone de manifiesto que no es necesario recurrir a teorías conspiranoicas para entender la polarización social.

Dos mujeres han interpuesto una denuncia al cantante Julio Iglesias por diversos delitos. Inmediatamente se han encendido las alarmas de la desconfianza de manera que hay quien afirma que las denuncias obedecen a una maniobra orquestada por el Gobierno para distraer la atención. En el otro extremo, nos encontramos con que el cantante ha sido condenado sin ser juzgado. La sociedad cuestionará la sentencia que recaiga -condenatoria o absolutoria- porque desconfiará de la imparcialidad de los jueces. Entonces, como en tantas otras ocasiones, en España proliferarán jueces en masa que dictarán sus sentencias en redes sociales situándose a la altura profesional de un juez o magistrado. Paradójicamente, la desconfianza nace de la ignorancia y la inmodestia reunidas. En lenguaje común, siempre hemos oído que no hay nada peor que un ignorante con soberbia. Una inmensa tribu de ignorantes soberbios ha desembocado en las redes sociales para ejercer de “desconfiadores” oficiales. La temeraria confusión entre el escepticismo filosófico y la desconfianza intestinal, propicia la aparición de conocedores de la “verdad oculta” que ellos creen descubrir en cualquier asunto. Y así, dudando de la verdad y creyendo en cualquier teoría falaz con marcianos vigilantes, se llega a los totalitarismos. Precisamente de la destrucción de la verdad mediante la desconfianza y a través de la creencia en sprays por el cielo, emerge ese pensador único, que suele venir a salvarnos y que se atreverá a pensar por todos la única verdad posible. Todo apunta a que ya llegó el susodicho: rubio y con uno noventa de estatura. Sin embargo, la mayoría de los acontecimientos diarios, aunque sean convertidos en espectáculo, poseen una verdad que no se puede resumir en titulares. La desconfianza en las instituciones y en los medios de comunicación avoca a la inseguridad de los individuos.

Dos trenes de alta velocidad han colisionado a la altura de la población de Adamuz. Cualquiera que sea la explicación técnica de esta desgracia no será satisfactoria porque en España nacerán infinidad de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos que cuestionarán el criterio más experto. La desconfianza es la herramienta del individualismo, esa actitud vital tan mala consejera para una sociedad libre.