Todo estuvo bien
Y un día ya no están. Se fueron los amigos cercanos, lejanos y medianos sin que nos diéramos cuenta de que también nosotros nos fuimos. Todos hemos viajado entre las vidas de unos y otros. Y, mientras duraba el viaje, era inimaginable que nuestro querido amigo se marchara. No hay ley que mida la incondicionalidad de la amistad. No hay ley para la infalibilidad de la fraternidad. No hay moral, ni ética, ni costumbre ancestral que ordene el afecto eterno. Todo está bien.
En la niñez crecía el número de amigos con cada curso, cada actividad extraescolar, cada veraneo. “Amigo, no te olvido”. Así, entre penas por despedidas y alegrías por nuevos amigos, llegó la adolescencia con una lluvia mágica de amigos. La plenitud, el derroche, el gran banquete de la amistad. Los días siguieron y, de una manera u otra, los estados civiles cambiaron. Incluso hubo gente que se reprodujo. Y los amigos fueron cambiando suavemente, con olas, sin ruido, vinieron y se fueron.
Nuestros amigos se quedaron con el tesoro de la imagen estática de quiénes fuimos. A veces, hubo un descuadre de expectativas y algún prejuicio mal anclado, de manera que unos no imaginaban quiénes iban a ser los otros “¿Quién te ha visto, amigo, y quién te ve?” Quién iba a imaginar que aquel trasto transgresor iba a ser capitán del ejército. Quién iba a pensar que aquella chica perdida iba a luchar tanto por su vida. ¡Quién iba a pensar! Amigo, nuestro querido amigo, no es necesario explicar por qué hicieron esto o dejaron de hacer aquello. Todo estuvo bien.
Aquel amigo que esperaba todas las mañanas en una esquina para irse juntos al instituto; el amigo que puso el primer disco de Bob Dylan; la amiga que reía y reía hasta el dolor de tripa; la amiga que oía; la amiga que hablaba; el amigo que cantaba. Aquel amigo que nadaba sin parar y saltaba al agua una y otra vez hasta dejarla exhausta. La amiga que nos peinaba al sol y nos hacía trenzas. La amiga que reía tan alto que se estremecía la tristeza. La amiga tan guapa y tan fuerte a la vez. Algunos se fueron. Y todo está bien.
La amiga con la que podías cometer la audacia y contradicción de ver una telenovela al mismo tiempo que descubrías el feminismo. El amigo con el sentido del humor más inteligente; la amiga que reza por ti; la amiga que quiere a tus hijos. Y, esos amigos insospechados, a quienes no esperamos, esos que aparecen como una seta. Esos amigos que están en tu acera de enfrente. Los amigos que nos trae la ironía de la vida.
La amiga que traía una tarta de manzana y se iba. El amigo que leyó todos los libros. Los amigos que quieren volver a conocerte y los que se fueron ejerciendo su libertad de irse. Todo está bien. Porque lo importante es la gratitud por la compañía. Porque lo que importa es el recuerdo de los abrazos y el recuerdo de aquel rato en que nos reíamos por nada. Al fin y al cabo, es bueno levantarse un día y, con elegancia, saber decir adiós.