Huellas de Judíos, Moriscos y Conversos en Valdepeñas
El devenir histórico de Valdepeñas custodia en su memoria la impronta de dos minorías cuyos destinos se entrecruzaron de forma determinante con la evolución del Campo de Calatrava: la comunidad judía con sus posteriores descendientes judeoconversos, y los moriscos deportados desde el sur peninsular. La presencia de estos colectivos se estructuró a lo largo de un marco cronológico bien definido entre los siglos XIV y XVII.
En el horizonte medieval, pequeñas familias judías habitaron la villa estrechamente vinculadas a la fiscalidad, el arrendamiento de diezmos y la administración de la Orden de Calatrava. Para sus cultos comunitarios y la lectura de la Torá, la aljama dispuso de un oratorio o sinagoga que la tradición local y el análisis arquitectónico comparado ubican en la Ermita de la Vera Cruz, un templo que sigue el patrón habitual castellano de purificar y reconsagrar los espacios sagrados hebreos bajo advocaciones de la Cruz o de la Virgen tras su incautación.
Esta etapa del judaísmo público tocó a su fin cuando las revueltas de 1391 y el Edicto de Granada de 1492 forzaron el exilio o la conversión masiva. Tras la expulsión, la Inquisición de Toledo desplegó una intensa vigilancia en la zona: los procesos del Santo Oficio documentan cómo las familias judeoconversas de Valdepeñas mantuvieron una estricta endogamia matrimonial e íntimas redes de solidaridad comarcal con conversos de Almagro y Daimiel para preservar sus costumbres, su patrimonio y la observación clandestina del Shabat en la intimidad del hogar.
Casi un siglo después, el contingente morisco llegó a Valdepeñas en diciembre de 1570. Tras la sofocada Rebelión de las Alpujarras, la Corona castellana decretó la deportación general de los moriscos del Reino de Granada. A Valdepeñas llegó una partida de 284 moriscos repartidos en 58 familias. Arribaron a pie, exhaustos tras una penosa marcha invernal bajo escolta militar desde el sur, habiendo sufrido durante el trayecto duras bajas por enfermedades, frío y malnutrición. Al llegar, las autoridades locales procedieron a su empadronamiento e inspección de salud, distribuyéndolos inicialmente en casas pecheras, corrales y posadas de la villa. El concejo y las autoridades reales les impusieron severas restricciones: se les prohibió portar armas, hablar en algarabía, vestir a la usanza mora o constituir un barrio segregado, con el fin de forzar su asimilación y evitar cualquier conato de rebelión.
Esta comunidad morisca permaneció en Valdepeñas durante casi 40 años (1570–1610), integrándose de forma decisiva en la economía y el tejido social local. Sin embargo, la firma del Real Decreto de expulsión por Felipe III en julio de 1610 puso fin de forma traumática a su estancia legal. Pese a la orden de abandono masivo de la península, las investigaciones históricas en el Campo de Calatrava demuestran que el Decreto no se aplicó de manera homogénea. En Valdepeñas y las villas vecinas, se calcula que entre un 10% y un 15% de la población morisca (unas 30 a 40 personas) logró quedarse o retornar clandestinamente en los años inmediatamente posteriores. Consiguieron eludir la expulsión recurriendo a licencias especiales para ancianos, enfermos, matrimonios mixtos con "cristianos antiguos", niños tutelados o alegando una profunda e indiscutible cristianización con el respaldo de las propias autoridades locales y los vecinos de la villa, quienes valoraban su papel fundamental en la agricultura y los oficios.
Asentamiento urbano y peso demográfico.
La distribución espacial de estos grupos dentro del entramado urbano de Valdepeñas respondió a lógicas de control social y a sus propias dinámicas económicas. La población judía previa a 1492 no llegó a conformar en Valdepeñas una judería segregada o amurallada, diseminándose de forma orgánica entre las áreas de actividad mercantil del casco antiguo en torno a su centro de oración.
Por su parte, la dispersión morisca de 1570 se asentó de manera prioritaria en los arrabales periféricos, situándose estratégicamente en las inmediaciones del arroyo de La Veguilla y en las salidas hacia los caminos reales de Andalucía y la corte. En cuanto a su peso social, los judeoconversos alcanzaron una relevante influencia cualitativa al ocupar puestos clave en las escribanías, las boticas, el comercio de paños y el arrendamiento de diezmos para los comendadores calatraveños. Los moriscos, por su parte, llegaron a representar cerca del cinco por ciento de la población total de la villa, convirtiéndose en una pieza imprescindible para el sostenimiento de los oficios artesanales, la agricultura de regadío y el transporte de mercancías.
La huella genealógica: Adopción de apellidos.
Para integrarse y escapar al escrutinio del Santo Oficio y de los estatutos de limpieza de sangre, los conversos adoptaron patronímicos castellanos habituales (García, López, Sánchez, Pérez) o topónimos locales (Toledo, Almagro, Valdepeñas). Asimismo, era habitual que tomaran el apellido de caballeros e hidalgos calatraveños que ejercían como sus padrinos de bautismo, o bien mantuvieran en secreto linajes con fuerte arraigo inquisitorial en la comarca (Ávila, Cazalla, Ciudad, Franco, Zapata). En el caso morisco, la adopción de nombres y apellidos cristianos fue igualmente la norma tras los bautismos obligatorios, integrándose sus descendientes en la nómina común de los vecinos pecheros del Campo de Calatrava.
El poso cultural en la tradición valdepeñera
La repercusión de estas comunidades en la vida cotidiana de Valdepeñas no fue un pasaje efímero, sino una transformación profunda que quedó entretejida en los usos y costumbres de la villa tras décadas de convivencia.
En el ámbito de la agricultura y la cultura del agua, la maestría morisca transformó los márgenes de La Veguilla en un próspero cinturón de huertas mediante el uso de norias de tiro con cangilones, acequias, albercas y zanjas. Esta comunidad masificó el cultivo intensivo de productos como la alcachofa, el melón y la berenjena, esta última origen directo de las populares berenjenas de Almagro. Asimismo, destacaron como jornaleros altamente especializados en el injerto, la poda y la labranza fina de los majuelos de viña y del olivar, fundamentales para el desarrollo agrícola comarcal.
En cuanto al comercio y la arriería, los moriscos se convirtieron en los principales arrieros y trajineros de la zona. Con sus reatas de mulas conectaban Andalucía con Madrid, aprovechando la posición geográfica estratégica de Valdepeñas para transportar las tinajas de arcilla, el aceite, el grano y el afamado vino de la villa. Por su parte, los judeoconversos dinamizaron el tejido urbano al controlar las tiendas de paños, las platerías, las boticas y la gestión del arrendamiento de tributos para los concejos y la Orden.
La construcción y la alfarería quedaron profundamente impregnadas del saber hacer de los alarifes moriscos, responsables de generalizar técnicas estructurales como el tapial —tierra apisonada con cal—, el ladrillo visto en arquerías y la teja curva. De sus manos dependió casi en su totalidad la producción alfarera tradicional, desde enseres domésticos como lebrillos, cántaros u orzas de matanza, hasta las monumentales tinajas destinadas a la fermentación del vino.
Esta impronta se trasladó directamente a la fisonomía urbana de la villa, configurando la vivienda tradicional volcada hacia un patio interior porticado con pozo. Asimismo, definió su característico cromatismo exterior: por un lado, el encalado o enjalbegado blanco, fundamental para reflejar la intensa radiación del sol manchego; por otro, los zócalos teñidos en azul añil, un enlucido empleado originariamente por sus propiedades como repelente de insectos y respaldado por la arraigada creencia popular en su poder apotropaico para ahuyentar el mal de ojo.
Finalmente, la gastronomía local acusa un claro mestizaje donde destaca la técnica del escabeche —derivada del árabe *al-sikbāj*— para la conservación de carnes y pescados, el uso del azafrán, el frito de hortalizas o alboronía —precursor directo del pisto manchego— y los guisos de legumbres elaborados en olla de barro. A ello se suma la adafina sefardí, cocinada a fuego lento desde la víspera del Shabat, que constituye el antecedente histórico directo de los cocidos manchegos y de la típica olla podrida.
Mención especial merece la repostería tradicional valdepeñera, heredera directa del saber repostero andalusí en la combinación de harina, aceite de oliva, miel de la comarca, almendra, ajonjolí, anís y canela. Un elemento decisivo en estas elaboraciones era el riguroso control técnico de la cochura, es decir, el punto exacto de cocción u horneado necesario para alcanzar la consistencia y el dorado perfectos. En la cocina artesanal de la villa, conseguir la cochura adecuada resultaba indispensable tanto en el fritado rápido y preciso de los pestiños, las hojuelas y las icónicas flores manchegas —impidiendo que quedaran grasientos— como en el horneado pausado de los alfajores y los nuégados. De la maestría en esa cochura dependía de que la masa conservara su finura crujiente antes de recibir el baño de miel templada, una técnica transmitida de generación en generación que continúa definiendo hoy el sabor auténtico de la dulcería manchega.
Fuentes y referencias bibliográficas.
Fuentes primarias y archivos
* **Archivo Histórico Nacional (AHN), Madrid:**
* *Sección Inquisición (Tribunales de Ciudad Real y Toledo).* Libros de *Relaciones de Causas* y *Expedientes de Procesos* a criptojudíos, judeoconversos y moriscos del Campo de Calatrava (siglos XV–XVII).
* *Sección Órdenes Militares (Orden de Calatrava).* Libros de visitas, censos de población y licencias de la encomienda y el concejo de Valdepeñas.
* **Mármol Carvajal, Luis del (1600):** *Historia del rebelión y castigo de los moriscos del Reyno de Granada*. Imprenta de René Rabut, Málaga.
Historiografía y estudios especializados
* **Beinart, Haim (1983):** *Los judeoconversos en España y la Inquisición*. Editorial Mapfre, Madrid.
* **Caro Baroja, Julio (1957):** *Los moriscos del Reino de Granada: ensayo de historia social*. Instituto de Estudios Políticos, Madrid.
* **Dadson, Trevor J. (2007):** *Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (1602–1614): Historia de una minoría asimilada, expulsada y reintegrada*. Iberoamericana Editorial Vervuert.
* **López-Salazar Pérez, Jerónimo (1986):** *Estructura agraria y sociedad en La Mancha (siglos XVI-XVII)*. Instituto de Estudios Manchegos, Ciudad Real.
* **Moreno Díaz del Campo, Francisco J. (2009):** *Los moriscos en La Mancha: Sociedad, economía y formas de vida en una minoría (Siglos XVI-XVII)*. Universidad de Castilla-La Mancha, Cuenca.