sábado. 13.07.2024

Philosophia perennis, 2: El «fin de la Historia» como crimen de lesa Humanidad

Artículo escrito por Ángel Luis Rivas Lado

En el número 16 de The National Interest (verano de 1989), págs. 3-18, publicaba Francis Fukuyama (Chicago, 1952) su famosísimo y muy influyente artículo titulado «The End of History?». Se tradujo al castellano y se publicó en Claves de la razón práctica, 1, abril de 1990.  Se reeditó en 2015 por Alianza Editorial (¿El fin de la Historia? y otros ensayos). Tres años después, en 1992, The Free Press de Nueva York publicó el libro The End of History and the Last man. Inmediatamente fue traducido al español (El fin de la historia y el último hombre, Planeta, 1992; Planeta-DeAgostini, 1994). Si el artículo del 89 tenía título interrogativo, el del libro del 92 era afirmativo y se combinaba con la fórmula, de origen nietzscheano, «el último hombre». La tesis fundamental del artículo, reforzada por extenso y con gran despliegue de erudición en el libro, se resume en que, tras la caída del muro de Berlín y con la previsible (en 1989, confirmada en 1991) disolución de la Unión Soviética, solo quedaba la democracia liberal como modelo político para los países desarrollados y para los que quisieran ingresar en ese privilegiado club. De esa manera la historia «entendida ―tomando en consideración la experiencia de todos los pueblos en todos los tiempos― como un proceso único, evolutivo, coherente», no como «la sucesión de acontecimientos», habría llegado a su fin (1992, introd., p. 12). Aplicaba así a los acontecimientos de los tres años anteriores la idea hegeliano-marxista de la evolución teleológica de la humanidad hacia una forma ideal (en el estado liberal para Hegel, en la sociedad comunista para Marx). «Todos los problemas realmente cruciales habrían sido resueltos» (ibídem, p. 13). La teoría del «fin de la historia» se unía a la del «final de la ideología en Occidente», formulada y reformulada por Daniel Bell a partir de 1960 (El final de la ideología, Alianza Editorial, 2015), según la cual ya no cabría oponer ninguna ideología política al liberalismo democrático de capitalismo de libre mercado. Y siguiendo la fórmula de Fukuyama (interrogación seguida de afirmación), Samuel P. Huntington publicó un artículo en Foreign Affairs (verano de 1993) titulado The Clash of Civilizations?, seguido por un libro, The Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order (traducciones en Tecnos, ¿Choque de civilizaciones?, 2002 y El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, Paidós, 1997). La polémica que levantaron artículo y libro se vio atenuada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. Y tras los de Madrid en marzo de 2004 y Londres en julio de 2005, Huntington se vio reivindicado por los más conspicuos representantes de la geopolítica occidental. Obviamente, no todos compartieron la tesis de Huntington según la cual la civilización occidental, preeminente en la historia de la Humanidad, está condenada a un conflicto (o «choque», clash) con todas las otras. El más sensato de entre los intelectuales en desacuerdo con esta tesis fue Amin Maalouf (El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan. Alianza Editorial, 2009; El naufragio de las civilizaciones, Alianza Editorial, 2019) y el menos (aparte de los asesinos terroristas, claro) Tariq Ali (El choque de los fundamentalismos. Cruzadas, yihads y modernidad, Alianza Editorial, 2005). Al «choque de las civilizaciones» se contrapuso, sin ningún fundamento intelectual apreciable, la «alianza de civilizaciones», protagonizada por algunos de los personajes más obscenamente incapaces de producir ni la más mínima teoría política, historiológica o cultural seria y sólida, verbigracia, el gran estadista José Luis Rodríguez Zapatero y la gran teóloga ecumenista Karen Armstrong, premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2017. La nada con gaseosa. Pues bien:

¿Qué ha quedado de «La Historia», «La Ideología» y «La civilización»? ¿Ha sustituido el conflicto de las civilizaciones a la lucha ideológica entre el capitalismo democrático-liberal y el socialismo estatalista? ¿Dio paso la Guerra Fría OTAN-Pacto de Varsovia a la Guerra contra el terrorismo fundamentalista? ¿Se acabó la Historia entre 1989 y 1991 y se reactivó 10 años después, o nunca se había producido tal final? Tras la aparición de otros motores de cambio y acontecimientos de relevancia para el futuro de la Humanidad, como la clara conciencia de la amenaza recurrente de pandemias y del expansionismo imperialista euroasiático («de Lisboa a Vladivostok»), liderado por la Federación Rusa tiranizada por el asesino Vladímir Putin (véase el fundamental El camino hacia la no libertad, de Timothy Snyder, Galaxia Gutenberg, 2018), y apoyado por la repugnante dictadura comunista de la República Popular China, parece claro que la tesis de Fukuyama no se sostiene. Otros libros suyos se han revelado mucho más sólidos. Y sobre esta cuestión es necesario estudiar mucho, pensar mucho y debatir mucho. Estudiar mucha Historia, pensar mucho sobre ella y poner en común las ideas que se tengan al respecto, para intentar llegar a conclusiones que rearmen intelectual y moralmente a las ciudadanías de los países implicados (o sea, todos los del mundo). Y para eso hace falta mucha Filosofía en los currículos académicos, en la segunda enseñanza y en la enseñanza superior. Mucha Historia y mucha Filosofía, y mucha Historia de la Filosofía. Lo contrario de lo que impone la LOMLOE de Sánchez, la embajadora vaticana y la ministra de Educación (y Formación Profesional) que no ha dado clase ni un minuto de su vida. Los indicios acerca de la carga horaria de la Historia de la Filosofía del 2º de Bachillerato son alarmantes (una posible reducción a la mitad de las horas semanales actuales). Pero es que lo de la Historia es de vergüenza. Solo un equipo de psicopedagogos perfectamente inútiles puede reducir la Historia a una sucesión acronológica de anécdotas estudiada «por proyectos». Sin cronología no hay Historia, sin Historia no hay conciencia de dónde se viene, si no se sabe de dónde se viene no se sabe a dónde se va. Es un tópico perfectamente verdadero: «quien olvida su historia está condenado a repetirla» (Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana, más conocido como George Santayana). Quienes se encarguen de la docencia de la Historia en los próximos años tienen un imperativo moral absolutamente categórico, que comparten con quienes deban enseñar Filosofía (y todas las demás materias, que del despropósito no se salva ninguna): desobedecer, boicotear esta ley a la espera de que sea modificada en un futuro cuanto más cercano mejor. «Desobedecer, boicotear», ¿cómo? Muy fácil: enseñando y explicando Historia y Filosofía de verdad. Como siempre. En caso contrario, el antihistoricismo poshumanista digitalófilo que inspira a los productores de la basura ideológica que se ha erigido en culturalmente hegemónica habrá triunfado para un futuro de siglos. Un crimen de lesa Humanidad.

Philosophia perennis, 2: El «fin de la Historia» como crimen de lesa Humanidad