Ángulos muertos
A veces, cuando amanece sin permiso también anochece sin nosotros. Esos días solo tienen luz led y no entra nada por la ventana. De espaldas a la luz, vivimos en despachos con luz artificial y usando protección solar. Contradicción cotidiana, como la de practicar running histéricamente para calmar la falta de sentido: correr hacia la nada y volver. Y es que la contradicción humana es un imperativo vital. Porque lo contrario, la coherencia, no admite error y eso es no entender la vida. Quien no admite su propia incoherencia no se ha visto a sí mismo. Alguien debería avisar a los recién nacidos de que su persona tendrá ángulos muertos y que es posible que nunca lleguen a ser conscientes de ello. Es cierto, hay personas cuya capacidad de autocrítica es tan escasa que nunca alcanzan a visualizar sus zonas contradictorias. Una pena para su bienestar. Solo se trata de mirarse a uno mismo con humildad sin esperar de nosotros que correspondamos a modelo alguno.
Nuestros ángulos muertos están en el territorio de nuestra piel que solo ven los demás y que nosotros no vemos. Hay una zona desconocida en el lapso de tiempo que transcurre desde el nacimiento hasta que adquirimos consciencia, ¿qué pasó en esos años?, ¿quién nos acarició?, ¿quién escuchó nuestra primera palabra? Todo eso nos lo cuentan, solo nos lo cuentan. Hay ángulos muertos en el tiempo en que dormimos y en esos ratos de inconsciencia en que, trabajando movemos las cejas tecleando el ordenador, o cuando hacemos muecas que sin nuestro propio permiso.
Así es, tenemos puntos ciegos que se escapan a la consciencia y que exhiben nuestras incoherencias como si fueran ropa tendida al sol. Cuando alguien se siente sólidamente seguro de sí mismo, o bien está enfermo de necedad (eso de lo que adolece algún líder mundial) o bien vive adolescencia necrosante. La sólida y tajante seguridad en uno mismo tiene una parte de ceguera y mucho de inmadurez. Solo un necio olvida conceder un margen de error a sus propias seguridades. Es inconsecuente quien juzga la tontería del prójimo desde el mismísimo status imbecilitas. También es inconsecuente quien preconiza el castigo de la indecencia desde la sede de su propia inmoralidad. Y, a pesar de esas palmarias incongruencias, convivimos.
Cuando la contradicción se presenta cara a cara, la cobardía elige por nosotros, trasladando la culpa a los demás, no sea que nos aplaste el peso de la propia responsabilidad. Tal vez lo más sensato sea asumir que llevamos la contradicción escrita en la piel y que la vida no nos exige responsabilidades que no podamos asumir. Al fin y al cabo, no somos Atlas, el semidiós que cargaba con el mundo en su espalda. Quizá la madurez sea eso, entender el error diario y prever que quizá mañana, para nuestra sorpresa, tengamos que entender que estábamos equivocados. A lo mejor, así podemos ver nuestros ángulos muertos.