domingo. 11.01.2026

Don Narciso

Encima de la mesa del despacho hay un teclado, dos pantallas –una pantalla ya no es suficiente– bolígrafos, clips, teléfono, una mujer, una agenda, un cáctus y un calendario. Don Narciso controla y sabe cuántos enseres se encuentran en cada mesa porque son sus pertenencias. También hay un cargador de teléfono que don Narciso usa frecuentemente. Ese teléfono suyo que usa para enviar mensajes a alguna mujer –la cual es otra pertenencia– manifestándole su deseo sexual. La mujer debe estar agradecida porque don Narciso le permite que ocupe ese puesto de trabajo. Don Narciso siempre lo comenta “esa chica me debe mucho” y, por lo tanto, ella debe realizar las actuaciones necesarias para conservar su puesto de trabajo, como, por ejemplo, atender su demanda sexual. Si, por casualidad, ella cede a los deseos de don Narciso, él se sentirá doblemente satisfecho. En primer lugar, obtendrá la satisfacción primaria de su apetencia “bajoventral” y, en segundo lugar –y esto es lo mejor– obtendrá la satisfacción de su vanidad: “me la he tirado”. Y sus amigos y compañeros le dirán “eres un crack, “¡monstruo, que eres un monstruo!” para, acto seguido, intentarlo ellos también.

En el edificio hay más despachos con más mesas, lámparas, fotocopiadoras con escáner e impresora, más mujeres, paquetes de folios y carpetas con el sello corporativo. Don Narciso se mueve por todas las plantas del edifico, muy suelto, seguro y se dirige a los subordinados con condescendencia. Al fin y al cabo, ya lo dijo cuando llegó “consideradme uno más de vosotros. Yo no soy más que vosotros por ocupar un alto cargo”. Ilustrativas palabras que avisan de que, efectivamente, don Narciso ejercerá una posición de superioridad y de que ejercerá de compañero y colega solamente cuando convenga manipular al personal. Sobre todo, si la mayoría de los subordinados son mujeres jóvenes y no por casualidad. Su aspecto puede resultar lechoso y seboso, pero don Narciso entiende que el solo nombramiento como alto cargo le confiere un inusitado atractivo sexual que agrada a todas las trabajadoras.

Sale del aseo con la bragueta abierta, se acerca a una mujer sentada y, a la altura de su cara, se sube la cremallera. Un gesto casual que no implica nada. Y así, coleccionando gestos casuales tales como escenificar una felación –por ejemplo–, crea un clima de trabajo sumamente desagradable. Pero don Narciso tiene un amigo, ese segundo de abordo, ese hombre sagaz que se esconde en la sombra, el que ejerce de mano derecha misteriosa, ese amigo que, ante las quejas de las trabajadoras que habitan entre las grapadoras y demás objetos de oficina, les dice “no es para tanto”, “qué exagerada eres”, “solo es un gesto”. Don Narciso puede llamarse también Francisco Salazar o tener otro nombre. Estos hombres no suponen una vergüenza para las mujeres que los sufren. La vergüenza es para el resto de hombres que sí entienden la idea de respeto.

Don Narciso