La vida es una mentira

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Artículo escrito por Rafael Toledo Díaz

Mi abuelo solía decir de vez en cuando que la vida es una mentira, y no, no estaba bombo, como acostumbramos a decir en la Mancha. Mi abuelo era un hombre del campo muy trabajador, de una gran bondad y mucho sentido común. Supongo que, resignado, recurría a esa frase tan elocuente para expresar su frustración o su decepción al final de toda una vida de trabajo y esfuerzo, de hambre y estrecheces en su intento por construir una familia de bien.

Mi antepasado sentenciaba como un lamento que, la vida es una mentira, y aquella máxima era un desahogo de impotencia frente a la injusticia y la mentira que siempre estuvo instalada en la sociedad, no sólo en aquella del siglo XX que él vivió. Ahora esa misma situación se repite como si nada hubiese evolucionado.

Falsedades, engaños, embustes, trolas o mentiras las hubo siempre y de todo tipo. Si echamos mano de la historia y de la hemeroteca en particular, podremos comprobar la manipulación fotográfica sobre personajes incómodos que fueron eliminados del retrato de algunos hechos relevantes de la historia. Imágenes utilizadas como artimaña para trastocar o reconducir la opinión de un pasado histórico. Qué opinar sobre las des-clasificaciones de muchos documentos de relevancia, pasado el tiempo prudencial del secreto, menudas sorpresas se revelan y cuántas mentiras salen a la luz cuando esos papeles son accesibles para la opinión pública.

Pero no, no hace falta elucubrar sobre acontecimientos pasados. Ahora estamos desbordados ante ese término anglosajón que son las "fake news", con lo fácil que resulta decir noticias falsas, o noticias mentirosas. Existen informaciones fraudulentas en todos los medios y formatos, además con las nuevas tecnologías audiovisuales la noticia con sus imágenes son más fáciles de alterar y, sobre todo, de difundir.

Por eso resulta tan complicado tener un criterio propio, porque es muy difícil distinguir o averiguar qué es verdad o mentira en medio de tanta información interesada.

Quizás lo único verdadero y real sea el dinero y el poder, así que no me extraña que cada cual termine viviendo en su mentira elegida, el magnate en su riqueza, el político en su discurso y el votante empujado a la desidia o la ignorancia.

Sin darnos cuenta, sin apenas ser conscientes, trasmitimos la presencia de la mentira en nuestras vidas. A los más pequeños lo hacemos a través de canciones infantiles, con risas y palmas les tarareamos a nuestros hijos y a nuestros nietos "Vamos a contar mentiras".

 

Ahora que vamos despacio, (bis)

vamos a contar mentiras, tralará, (bis)

Vamos a contar mentiras.

 

Por el mar corren las liebres, (bis)

por el monte las sardinas, tralará, (bis)

por el monte las sardinas.

Hechos ingenuos e irreales que, al pasar los años, se convertirán en mentiras complejas que suenan a verdad, pero que no lo son.

Antes de perder la inocencia, un niño voceará: "Mentira cochina", entonces le reprenderemos y le invitaremos a suavizar el lenguaje, y le diremos que eso no se dice, que lo más correcto es decir: "Eso no es verdad", una especie de eufemismo para atenuar la contundencia de la palabra mentira, un término que nos acompañará durante la existencia.

Otra cosa son las excepciones, las llamadas mentiras piadosas o pecadillos veniales para salir del atolladero. También, para protegerse o preservar nuestra intimidad, es aconsejable utilizar el sabio refranero que, para estas ocasiones, aconseja así: El que quiera saber, mentiras en él o Al que quiera saber, poquito y al revés.

Me vengo arriba y fantaseo al hilo de la famosa canción infantil. Me imagino las reuniones de políticos, consejeros, directivos y asesores, gerifaltes de organismos e instituciones que "supuestamente" trabajan para mejorar nuestras vidas. Me los supongo, tan serios e importantes, entonando la cancioncilla de marras al iniciar sus asambleas, sus congresos, sus juntas o sus comités, poniendo todo el entusiasmo como si de un himno se tratase.

No sé si, como me decía mi abuelo, la vida es una mentira, pero hay tanta confusión, tantas situaciones absurdas o contradictorias, tanta incoherencia en los discursos y tantos disparates que ando desconcertado y descreído, como si viviese en una ficción permanente o en una distopía como dicen ahora los modernos.

Así que, para consolarme, o para evadirme, vuelvo al pasado y escucho uno de aquellos viejos tangos de Gardel que versan sobre la mentira y donde algún estribillo concuerda con la opinión de mi abuelo.

Verás que todo es mentira

Verás que nada es amor

Que al mundo nada le importa

Yira, yira