miércoles. 29.07.2026

Valdepeñas: el mapa, el camino, el tren y el vino.

Muelle de carga de la Estación de Valdepeñas
Muelle de carga de la Estación de Valdepeñas

Hay ciudades que nacen al calor de un río navegable, otras al amparo de una mina de oro y algunas bajo la sombra de una catedral. Valdepeñas, en cambio, nació del ritmo de los cascos de las mulas, de la geometría de las leguas y de la necesidad de supervivencia en la frontera. Para entender qué es hoy esta ciudad manchega no hay que mirar solo sus viñedos; hay que desplegar un mapa antiguo, medir las distancias y seguir la ruta que la transformó primero en el mesón de la Península y, más tarde, en la mayor bodega de España.

En la Edad Media y la Edad Moderna, el espacio no se medía en kilómetros, sino en jornadas de marcha. Un caminante o una recua de carga podía recorrer a buen paso unas diecisiete o dieciocho leguas al día, lo que equivalía a casi cien kilómetros. Si se trazaba una línea recta entre la Corte castellana de Madrid y la gran capital del Guadalquivir, Córdoba, la matemática del camino era perfecta. De Madrid a Valdepeñas median exactamente treinta y cinco leguas, es decir, dos días enteros de marcha cruzando el Tajo por Aranjuez y la Mesa de Ocaña. De Valdepeñas a Córdoba restaban otras treinta y cinco leguas, equivalentes a dos días de travesía encarando la temible muralla de Sierra Morena. Valdepeñas quedó clavada en el ecuador exacto del itinerario. Para cualquier viajero, comerciante o correo real que bajara hacia el sur, o que continuara dos jornadas más hacia Sevilla, este enclave de la Mancha baja no era una opción, sino una parada biológica y logística obligatoria.

Sin embargo, antes de ser el gran mesón de la Mancha, Valdepeñas fue retaguardia estratégica. Durante los siglos doce y trece, la llanura del Campo de Montiel era una sangrienta tierra de nadie, expuesta a las incursiones y razias del ejército almohade. Nadie viajaba en línea recta si quería conservar la vida, por lo que el tráfico buscaba el abrigo del oeste, deslizándose al amparo del Castillo de Calatrava la Nueva y el Castillo de Salvatierra. Fue tras la célebre Batalla de Las Navas de Tolosa en 1212 cuando el territorio comenzó a pacificarse. La Orden de Calatrava comprendió que para dominar la comarca era necesario agrupar a los campesinos dispersos. Alrededor de una antigua torre de vigilancia andalusí, sobre cuyo solar se levanta hoy la Iglesia de la Asunción, se reunieron las alquerías vecinas para dar nacimiento a la villa.

Pacificada la frontera, la ruta recuperó la línea recta y Valdepeñas se consolidó como la antesala del paso de montaña. Antes de que en 1780 Carlos III mandara abrir el camino moderno de Despeñaperros, el cruce de Sierra Morena se hacía por el angosto Puerto del Muradal, rozando Almuradiel. Valdepeñas era el último lugar donde reparar un carro, herrar un mulo, comprar pan seco y llenar las alforjas antes de afrontar el paso más peligroso de la Península.

Ese flujo incesante de viajeros hambrientos y fatigados transformó la fisonomía de la población. En las ventas y posadas se servía el vino clarete local para acompañar el queso manchego y la hogaza de pan. Aquel vino fascinó a los arrieros y el boca a boca del camino se convirtió en la mejor campaña de difusión. Los trajineros descubrieron que transportar pellejos de vino hacia las tabernas de Madrid era un negocio lucrativo, por lo que los campos de trigo cedieron paso al mar de cepas. Alrededor de esta actividad floreció un ecosistema artesanal único: los boteros cosían y empegaban con pez las pieles de cabra para crear los pellejos de transporte, los guarnicioneros vestían a las bestias de tiro, los caldereros fabricaban recipientes de cobre y los alfareros moldeaban las gigantescas tinajas de barro que poblaron las cuevas subterráneas.

Durante siglos, el ritmo del vino lo dictaron los cascos de las mulas y las ruedas de madera. Todo cambió el 21 de enero de 1861 con la llegada del ferrocarril. La inauguración de la línea Madrid-Córdoba dio paso al célebre Tren del Vino. Trenes enteros cargados de bocoyes y vagones cisterna salían a diario hacia la Estación del Mediodía en Madrid, convirtiendo el suministro a la capital en un torrente masivo. La llegada del vapor impulsó la construcción de grandes bodegas industriales junto a las vías, multiplicó la población y atrajo una burguesía que levantó casas solariegas, hasta el punto de que en 1895 la Reina Regente María Cristina otorgó a Valdepeñas el título de Ciudad. Además, cuando la plaga de la filoxera devastó los viñedos franceses a finales del siglo diecinueve, Valdepeñas se convirtió en el gran proveedor de Europa, exportando toneladas de vino a través de su estación.

Valdepeñas no fue fruto del azar, sino de la geografía que dictó su primer destino y de la tecnología del ferrocarril que consagró su grandeza. Nacida como refugio en tiempos de la Reconquista, fundada por la métrica de las treinta y cinco leguas, enriquecida por las manos artesanas de boteros y guarnicioneros e impulsada por el silbato de vapor en 1861, la ciudad convirtió su ubicación en una epopeya centenaria donde la historia, el trabajo de generaciones y el vino se han servido siempre en el mismo vaso.

Valdepeñas: el mapa, el camino, el tren y el vino.