Es una verdad de Perogrullo que como en casa de uno no se está en ningún sitio, sin embargo, y de vez en cuando, es conveniente salir de la burbuja de confort y conocer otras realidades.
El estío o verano puede ser el momento idóneo para viajar y romper con la rutina, para relacionarse con foráneos tratando de entender otros modelos de vida y, cómo no, para admirar paisajes naturales distintos a los habituales.
Muchos de los que residimos en la meseta aprovechamos las vacaciones para acercarnos al borde del océano y poder contemplar su inmensidad, oler el salobre de la marisma y reconocer los efectos terapéuticos de la sal.
Nosotros este año volvemos a repetir destino y, aunque apenas me gusta conducir, hemos viajado a la otra punta de la península. Menos mal que siempre me alegra volver al sur.
Pero lo que más me gusta de este tiempo de ocio es indagar sobre el comportamiento de los semejantes que me rodean, curiosear intentando prejuzgar, fisgar y analizar conductas o practicar el simple cotilleo.
Ya instalados, me entretengo en observar en el ir y venir de los gorriones para beber al borde de la piscina que, en algunos momentos, se alternan con las avispas. En el enorme recinto casi todos estamos con traje de baño y el que no está en el agua anda repanchingado en la hamaca, cada uno a lo suyo.
No obstante y a mi izquierda, me llama la atención un tipo que es clavadito a Hemingway, y podría ser, porque acaban de terminar los sanfermines y a lo mejor se ha animado a darse una vuelta por aquí, pero es imposible porque el famoso escritor pasó a mejor vida hace ya unas cuantas décadas. Pero con su camisa de pequeños cuadros rojos y su barba blanca se parece una barbaridad, además, el hecho de que a su lado repose un enorme vaso de cerveza, afianza más mi idea.
Durante estos días de estancia, Hemingway — como le he apodado— será objeto de mi seguimiento. Aunque esta temporada abundan los portugueses y los franceses por aquí, me parece que es alemán o inglés porque no le he oído hablar y está rodeado de una familia de mujeres, posiblemente hija y nietas, rubias todas ellas. Me sorprende su look, pero sobre todo, que en tres días que llevo cruzándome con él no se ha cambiado de camisa. Sin embargo, unas jornadas después, lo vi en el chiringuito tomándose un gin-tonic, luciendo un polo azul y unos calcetines verde chillón; pero en ningún momento lo he visto bañarse.
Hemingway será el excéntrico personaje para el recuerdo y referencia de las vacaciones del dos mil veintiséis.
En días como estos intento prestarle poca atención a las noticias, pero con los incendios en Madrid y en otros lugares del país me resulta difícil desconectar. Qué desastre y cuánta tristeza por las consecuencias del fuego, pérdidas económicas a las que se suma el abatimiento de las familias que lo han perdido todo, sus posesiones, sus referencias y su memoria gráfica.
Igual que en las anteriores catástrofes, como la dana de Valencia o el volcán de La Palma, en la tertulias de la radio y la tele aparecen multitud de versados expertos. Cada cual opina y ofrece su punto de vista y las posibles soluciones, otros son meros charlatanes que, desde el sentido común, ofrecen soluciones simplistas.
Para los que no entendemos del tema —que supongo somos casi todos— nos cuesta asumir que se ofrezcan medidas demagógicas y populistas para problemas tan complejos.
Pero lo cierto es que cada verano los grandes incendios son el pan de cada día. También la gran mayoría de técnicos coinciden en la necesidad de las medidas preventivas. La limpieza de la masa forestal en invierno es esencial y la ganadería extensiva es tan recomendable como necesaria.
Pero los tiempos actuales donde priman la ganancia rápida y la comodidad no están en consonancia con hábitos y faenas que exigen aguante y tolerancia, más aún, en un país donde la población se concentra alrededor de unas cuantas macro-urbes. La España vaciada y sobre todo el sector primario ha quedado relegado, con problemas para lograr el relevo generacional, faltos de servicios y presupuestos, y sin embargo, son los que nos dan de comer.
Tampoco ayudan la excesiva burocracia y el exceso de legislación de las diferentes administraciones, desde la europea a la local. Cuando un incendio arrasa una comarca sea de donde sea, lo importante es atajarlo lo más pronto posible y no perderse en discrepancias sobre quién tiene las competencias. Seguramente ese y otros problemas los arrastramos desde la Transición al no haber resuelto con eficacia algunos temas fundamentales para todo el territorio.
Muchas veces pienso que hemos equivocado el modelo, pero nosotros estamos de vacaciones, bastante tenemos con ser solidarios y comprensivos con los damnificados.
A primera hora en el comedor del hotel los niños toman la papilla o los cereales viendo dibujos animados en el móvil desde sus tronas. Los mayores, en la playa o la piscina, nos entretenemos mirando tutoriales sobre recetas que nunca cocinaremos y, los adolescentes, siguiendo al famosillo de turno a ver si ha cambiado de novio o novia entre otras muchas boberías.
Hemos dejado atrás lo rural y apostamos por el futuro, y nos pasamos las horas preguntando a la IA por todo, sin apenas discrepar de los contenidos que nos ofrece. Nos alarmamos por los incendios, pero no somos conscientes de la cantidad de energía que consumen estas nuevas tecnologías en sus centros de procesamiento de datos, amén del gran consumo de agua para refrigerar los grandes equipos. La IA puede ser el soma de nuestro tiempo, para qué calentarse la cabeza si todo está ahí.
Pero tampoco deseo mostrarme sesudo y pesimista, bastante tengo con soportar la enésima ola de calor.
En la playa, y después de desplegar la sombrilla, casi nadie entra en el mar porque aquí el agua está fría, si acaso mojarse un poco los pies y algún que otro valiente que se atreve a dar unas brazadas.
Las cortas vacaciones se acaban, pero al menos hemos disfrutado unos días de relax y desconexión. Tras unas jornadas volvemos a casa y valoramos ese bienestar del que no éramos conscientes, igual que esos desalojados que esperan ansiosos la vuelta a sus hogares después del desastre. Nosotros al fin y al cabo volvemos a la rutina de antes, ansiando que llegue septiembre, que empiece el cole y que después de las fiestas de la patrona vuelva a llover, que falta hace.
