jueves. 28.05.2026

Las joyas

A buen seguro que Audrey Hepburn no se quedaría extasiada frente al escaparate de la joyería Tiffany (película Desayuno con Diamantes, 1961) si en él se expusieran joyas como las encontradas en la caja fuerte del ex presidente José Luís Rodríguez Zapatero. Ciento tres piezas que unos califican de alta joyería, otros como joyas estándar, otros como joyas árabes, ostentosas, carísimas y opulentas y, finalmente, también hay quien ve joyas `cutrérrimas´ dado que parecen ser el botín del atraco al combite de una Primera Comunión llena de titas con pamelas perfumadas.

El quilate es la unidad de medida para el peso de una joya y también para determinar la pureza del oro, metal que no suele utilizarse en toda su pureza porque es demasiado blando. Precisamente a la mezcla del oro con otros metales se le conoce como envilecimiento. Cuando las monedas eran de oro y se guardaban en arcas de verdad, los príncipes obtenían más ingresos para las citadas arcas fundiendo todo el oro, mezclándolo con otros metales, acuñando nuevas y más monedas, pero manteniendo su valor nominal. Así conseguían más monedas, más dinero que antes, pero con menos oro. Éste es el origen de la inflación: restar valor al dinero a través de envilecer el oro. Una vez en circulación, el ciudadano creía poseer una moneda de oro cuando solo poseía una porción.

Al igual que el dinero pierde su valor con la inflación, así lo ha perdido también la confianza en las altas instituciones del Estado. No ha quedado algo libre de envilecimiento y es de suma inocencia esperar la pureza del oro, la pureza de intenciones o la pureza de pensamiento. Todo parece haber sido guardado en la caja fuerte del ex Presidente Zapatero y custodiado por su secretaria Gertrudis.

El guion se repite. Si con el ex ministro José Luís Ábalos y Koldo se puso la atención mediática en su afición por la prostitución, al ex Presidente Zapatero le ha caído el peso de mil joyeros de comodín y sifonier de dote provinciana. Se trata de esa pátina de vulgaridad que se presenta como necesaria para demonizar al imputado de turno, por mucho que los últimos imputados pongan bastante fácil su paseo judicial.

Posiblemente, la reina Isabel II de Inglaterra vetaría la entrada a sus “habitaciones joyero” solo con percibir el olor del alcanfor de las joyas descubiertas. La cuestión está en si la tenencia de esas joyas es algo ilícito por sí mismo, resultando que, por otra parte, no es extraño que las joyas se guarden en una caja fuerte. No son joyas propias del algún tesoro de ninguna isla; ni son las joyas que Ali Babá encontró cuando, por fin, se abrió montaña.

Es necesario apartar el aspecto folklórico de las joyas, de los hechos investigados en el procedimiento judicial. Solo si se prueba una relación directa entre semejante “joyerío” con el delito investigado, habrán de ser tenidas en cuenta. Y no, esto no implica defender al ex presidente investigado.

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