No eran borrascas, era el cielo quejándose por tanta queja. Cada día los programas de tertulias informativas abren con titulares alarmantes. Después, vienen los programas informativos que repiten las mismas noticias descafeinadas, aunque no sin cierta dosis de espectáculo. A fuerza de repetición los medios de comunicación baten una papilla ideológica fácil de ingerir para los oyentes. Un país instalado en la queja por la catástrofe diaria. El cielo tan solo ha reflejado el estado quejicoso del país, encadenando borrascas y, de paso, limpiando el aire de cizañas y ponzoñas.
Cierto es que resulta bastante incorrecto que el Director Adjunto Operativo de la Policía Nacional haga lo que presuntamente se le imputa. Más incorrecto aún es que la presunta víctima tenga que esconderse, sentirse amenazada y pedir protección policial a la propia policía a la que pertenece. La cuestión se aborda citando al susodicho Director Adjunto, para que preste declaración judicial. Si no es mucho inconveniente, tampoco estaría mal quitarle todos los pines, chapas, broches y charreteras que le cuelgan del uniforme y, también, por qué no, despojarle de ese mismo uniforme que parece no merecer. El Ministro de Interior empezó a despertar admiración en nosotros tan solo los segundos que tardó en decir: “dimitiré” Pero, cuando condicionó su dimisión a un criterio tan subjetivo como el estado de ánimo de la víctima, la confianza en la puesta de escena de la política nacional volvió a su ser. Es lo malo de creer en las hadas.
Mientras las borrascas se sucedían y el personal se quejaba de la lluvia, presenciamos cómo un partido de la oposición golpeaba los escaños del Congreso de los Diputados exigiendo la dimisión del ya citado Ministro. Y, cuanto más golpeaban sus propios escaños, más estupefacción llovía en las calles. Un partido político que ha negado amparo y protección, desoyendo flagrantemente a una de sus concejales, víctima de acoso sexual y laboral carece de legitimidad alguna para exigir la dimisión de alguien.
Los borrascas, huracanes y sucedáneos parecían emular la distopía política nacional que el pueblo ha presenciado. Bueno, el pueblo ha presenciado y también ha comprado palomitas para asistir al capítulo diario de ese serial nacional que vivimos.
Lo sucedido a una concejal de Móstoles fue solapado con la denuncia al Director Adjunto de la Policía Nacional, lo cual, a su vez, fue emborronado por el advenimiento de un salvador de las izquierdas y, finalmente por un serial, esta vez producido y escenificado sobre el golpe de estado del 23F. Parece que todos saben medir los tiempos y conducir el espectáculo. La lluvia ha llenado los pantanos hasta el punto de que se ha abierto la temporada de Turismo de Pantanos para cansar a los niños y sea más fácil su adormecimiento a golpe de papilla ideológica televisada. Así no hay que pensar.
